Yo
te estaba esperando
en ese caminito de agua, al borde del precipicio.
Sabía que a una determinada hora, en un determinado minuto, vendrías
y te sentarías a mirar el paisaje como tantas otras veces.
Te vi cuando llegué
y eras libre en el viento,
libre en la tersura del aire,
colorido en blanco y negro.
Y yo era
libre de preocupaciones,
libre de miedos y tristezas;
alma de pedacitos cosidos que pierde traslucidez.
Me senté atrás de ti, a mirarte mirar.
Mirar el paisaje...
En tu mano firme tenías un ave.
Yo lo sé.
Nunca te vi el rostro.
En un momento me pregunté si no serías una alucinación.
Pestañeé y te habías ido.
Me sentí el sol pasando y yéndose;
la luz sin detenerse yéndose.
Lentamente me senté en la misma piedra donde te posaste.
Me encaramé hacia el acantilado,
miré pensando en vos toda esa inmensidad. Escudriñando en el horizonte, qué podría haber del otro lado del horizonte...
Hoy sé que todos pueden soltar tu mano,
que nadie se quedará para siempre conmigo.
Hoy quiero decir. Quiero debatir, quiero construir. Dejar la gallinácea cobardía y ser, sin miedo a nada.
Te fuiste. Otra vez retrocedí a mirar el camino de agua.
Vendrás mañana, lo sé.
Y volveré a creer que por fin te hablaré.
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