Ella miró suavemente a través de la ventana. El cielo le prometió mucho, con esa mañana azul, luminosa y tibiamente fresca. Sentada en su cama, el tiempo se descontaba lerdamente, la luz cobraba vida ante sus ojos. Ni una brisa. Los árboles vibraban con la música de los pájaros.
Pero su corazón le comunicaba otras cosas. Ella por una vez desde que empezó todo eso deseó la paz sinceramente y no lo escuchó, o trató de no hacerlo. Pero cuando salió al balcón ahí estaba él, sonriendo bajo el árbol. Su mente, haciéndole creer que él era su felicidad. Sin darse cuenta apoyó el mentón sobre una mano y miró el cielo sin verlo, imaginando que finalmente él se plantaba ante ella y quién sabe cuántas cosas más. Hasta cuándo esa incertidumbre exacerbada? Hasta cuándo monopolizaría así su cabeza? "Quiero aire" pensó ella. Bajó del balcón a la calle y lo vio venir, entró al almacén de la esquina. Ella se emocionó y no supo qué hacer. Le perturbaba profundamente que él no fuera claro con sus señales.
Tomó la bolsa de mercado y decidió que ese era el mejor momento para comprar los ingredientes del almuerzo.
"Antes que sea demasiado tarde" dijo, y salió.
Entró, el sujeto estaba en la cabina teléfonica, y ella se preguntaba si todo el tiempo había vivido en el barrio y ella sin darse cuenta. De repente él salió; el almacenero preguntó "Sí? Qué va a llevar?"; la chica estiro el brazo para llegar al hombro del muchacho y poder decirle...
"Mi novia es tía"
"Uh! no me digas! Entonces vos también! Qué bien che, qué alegría!" el almacenero parecía de verdad contento. Él vivía cerca o de alguna forma el almacenero era su amigo.
"Señorita?"
"Deme esa lata de leche condensada".
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