A través de ese amor profundo, inmundo de sueños e infestado de lágrimas, vertí una noche todo mi dolor, pero sin saber que no era todo, gimiendo como plañidera, feliz de abandonar la idea flotante y macabra, perversa, jodida, odiada e inherente...
Sobresalpicada abrí la ventana de la vida al otro día, sonreí como un párbulo con algunos dientes de leche flojos, imaginé la vida, pero no la viví, jamás la viví así, como la vive todo el mundo...
Sobreestimulada viajé en torno a los espacios siderales que existen entre tú y yo, me animé a dar el salto para volver al punto de mi centro, pero me falló el equilibrio, tambaleé mal y me caí.
Al día siguiente la luz se derramaba por mis ojos, se reflejaba en mil sombras desnudas, me calcinaba los huesos de la emoción, me embarraba en la cara todos esos años sin un vos, sin un tú y yo...
Al instante desperté de la realidad y estaba en un sueño otra vez, allí mi corazón no pesaba como el plomo, no demandaba atención y yo era libre de corretear y reir a carcajadas porque el mundo nunca tuvo un sentido, la vida nunca tuvo un sentido, el destino no existe y puedo hacer lo que quiera cuando me duerma y me levante en otro día pisando esta realidad, que como en un sueño, puedo (o no) moldear a mi antojo.
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